domingo, 23 de junio de 2019

El lago de Zumpango

Ángeles González Gamio




A
la llegada de los españoles en la cuenca de México había cinco lagos: Texcoco, Chalco, Xochimilco, Zumpango y Xaltocan, que se alimentaban de otros menores situados a mayor altura y de varios ríos. A su vera se establecieron alrededor de 40 ciudades, la última fue México-Tenochtitlan, que se fundó en unos islotes en medio de los lagos. Esta vasta red de agua permitió el desarrollo de vías fluviales que comunicaban las distintas regiones, propiciando una rica vida comercial.
Ha sido común referirnos al territorio que hoy constituye la Ciudad de México y la zona conurbada como el Valle de México. En realidad es una cuenca que aloja cuatro valles: México, Cuautitlán, Apan y Pachuca. Algunos de ellos están separados por montañas y sierras.
Este sistema montañoso, según los especialistas, comenzó a formarse en el Eoceno, cuando el territorio que ahora llamamos México emergió del mar y se inició un vigoroso proceso volcánico y tectónico. Este habría de conformar, al paso de los siglos, esa prodigiosa cuenca que se alimentaba por el agua de 45 ríos, 14 de ellos perennes que bajaban de las sierras que la rodeaban, de manantiales y de la abundante agua que cae del cielo.
Al poco tiempo de que los conquistadores levantaron su ciudad sobre los vestigios de Tenochtitlan, ignorantes de las habilidades necesarias para convivir en un medio lacustre, padecieron inundaciones que los llevaron desde el siglo XVI a tratar de sacar el agua de los lagos.
El devastador proceso continuó en el México independiente. En la actualidad, el único remanente de los cinco grandes lagos es el de Zumpango. El de Texcoco se desecó por completo.
En los años 60 del pasado siglo el ingeniero Nabor Carrillo realizó un proyecto para recuperar el antiguo lago. Se inició con un plan piloto que abarca mil 680 hectáreas, que constituyen 16 por ciento de las 10 mil que abarca en su totalidad la zona federal del vaso de Texcoco. El lago artificial resultó muy benéfico para el medio ambiente de la Ciudad de México, ya que, entre otras consecuencias, terminó con las tolvaneras que azotaban cada año a la urbe. 
Por esa razón, el proyecto del nuevo aeropuerto que se canceló (NAIM) preveía la preservación del lago Nabor Carrillo, así como la creación de varios humedales para ampliar la zona de mitigación.
El aeropuerto que se proyecta en Santa Lucía queda muy cerca del lago de Zumpango, que como mencionamos líneas arriba es prácticamente el único que sobrevive de los originales (hay pequeños lagos en Tláhuac y Xochimilco). Ambientalmente hablando en la actualidad es el cuerpo de agua más importante del Valle de México. Parte de la que se almacena en la laguna de Zumpango es usada para riego agrícola.
De acuerdo con Patricia Ramírez Bastida, bióloga especialista de la UNAM, la cercanía con Santa Lucía pone en riesgo 114 especies endémicas y migratorias, entre ellas patos, gallaretas, garzas, pelícanos y gaviotas.
La investigadora con su equipo ha registrado más de 260 mil ejemplares que vuelan en la zona. Esto indudablemente pondría en peligro las operaciones aéreas. En el lago artificial Nabor Carrillo de Texcoco, lo máximo que llegan a sobrevolar los alrededores son menos de 150 mil aves.
Explica que la dinámica de aves es muy diferente en ambos sitios; pone como ejemplo los iris: aves que salen al amanecer a los campos de cultivo de las cercanías y en la tarde regresan por miles a descansar. En Texcoco se han avistado 50 mil iris, mientras en Zumpango hay parvadas de entre 300 mil y 400 mil ejemplares.
Confiamos que esta situación la estén tomando en consideración quienes llevan a cabo los estudios para el nuevo aeropuerto en Santa Lucía.
Vale la pena darse una vuelta al lago de Zumpango; el fin de semana, en sus márgenes, se establecen comerciantes de comida típica y artesanías. Le pueden preparar un sabroso pescado recién sacado del agua. Hay un paseo en lancha a visitar el islote de San Pedro. Entre semana lo disfruta en solitario; una agradable experiencia que lo traslada al México prehispánico.

Más información en: https://labrujula.nexos.com.mx/?p=1363

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martes, 28 de mayo de 2019

El bello edificio de los Condes de Calimaya, hoy Museo de la CDMX

Tesoro recóndito
E
n varias ocasiones hemos hablado del Museo de la Ciudad de México que ocupa el antiguo Palacio de los Condes de Calimaya, está en el vértice de las avenidas Pino Suárez y República de El Salvador. Esquina imponente que se distingue por tener empotrada una enorme cabeza de serpiente, que de acuerdo con el arqueólogo Eduardo Matos debe haber estado en el Templo Mayor.
Muchas veces hemos hablado de la extraordinaria arquitectura de la mansión, que diseñó en el siglo XVIII –época del apogeo del barroco– el insigne arquitecto Francisco Guerrero Torres, con los materiales característicos de ese periodo: el tezontle color vino y la elegante chiluca.
Hemos descrito con mucho detalle los patios interiores: el principal con la majestuosa escalera y la primorosa fuente que preside una bella sirena de cola bífida, símbolo del pueblo de Metepec, una de las propiedades de la opulenta familia. De la capilla, del soberbio portón manufacturado en Manila que llegó a la Nueva España en la Nao de China, obra maestra de la ebanistería barroca. Asimismo, del estudio de Clausell, el pintor impresionista que dejó pintados los muros con decenas de pequeñas imágenes.
Pero estábamos en deuda con un sitio, medio recóndito, ya que se encuentra al fondo del que fue el patio de servicio y que resguarda un tesoro: la Biblioteca Jaime Torres Bodet.
Escritor, poeta, diplomático, funcionario público, de muy joven formó parte del grupo que se integró en torno a la revista Contemporáneos, que surgió a fines de los años 20 del siglo pasado. En sus escasos cuatro años de vida la publicación tuvo gran trascendencia en el devenir literario y cultural del país por su peculiar síntesis de tradición y vanguardia.
De escasos 20 años, Torres Bodet fue director de Bibliotecas de la Secretaría de Educación Pública, misma de la que posteriormente sería titular en dos ocasiones: una en los años 40 y la otra en los 60.
Durante este último periodo tuvo gran influencia en la decisión del presidente Adolfo López Mateos de construir varios de los museos más importantes de nuestro país: en Chapultepec, el Nacional de Antropología, el de Arte Moderno, el del Caracol y el de Historia Natural; en Tepotzotlán, el del Virreinato, y el de las Culturas en el Centro Histórico, entre otros.
Fue representante de México ante la Unesco, organismo al que renunció cuando éste aceptó como integrante al gobierno del dictador español Francisco Franco. De esto nos enteramos en el libro de José María Muría que acaba de publicar la editorial Miguel Ángel Porrúa: Si no fuera por México, obra extraordinaria que nos cuenta lo que hicieron muchos mexicanos encabezados por el presidente Lázaro Cárdenas para salvar la vida y ofrecer un futuro a alrededor de 80 mil refugiados españoles. Asimismo, a miles más de otras nacionalidades que salvó Gilberto Bosques durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra.
Continuando con la biblioteca, se dice que es el mayor acervo bibliográfico acerca de la Ciudad de México. Tiene como objetivo preservar, organizar y difundir el patrimonio documental sobre la capital y cuenta con un acervo de alrededor de 10 mil volúmenes.
Custodia una hemeroteca del siglo XIX, un fondo reservado que concentra la historia legislativa de la ciudad, desde las Leyes de Indias de 1774, hasta las Memorias del Ayuntamiento de la Ciudad de México.
Tiene una sala de consulta especializada en la Ciudad de México: historia, transformaciones y semblanza de sus habitantes, así como una sección de publicaciones periódicas y colecciones de literatura y artes plásticas.
Siempre que venimos al Museo de la Ciudad de México aprovechamos para comer en el restaurante La Rinconada, justo enfrente, en la Plaza de Jesús 13.
La bella casona, que se dice data del siglo XVI, ofrece sabrosa comida mexicana y la vista desde sus balcones de la plaza y el museo. No puedo dejar de recomendar las pacholas, esos bisteces hechos en metate que son una delicia y ya casi nadie prepara.

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lunes, 27 de mayo de 2019

3ª Edición (2019) del gustado Concurso de Cocina Tradicional


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Ha llegado el momento de la VI JORNADA DE IXTACALCO


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jueves, 27 de diciembre de 2018

El Mercado de la Merced: un acercamiento desde la antropología económica

Revista núm. 23 - Enero/Junio 2018

The Merced marketplace: an approach from economic anthropology 

Lizbeth Alejandra Posada Cano


LIZ 2
Resumen
El trabajo dentro del campo antropológico es sin duda vasto. Las diferentes formas de exploración y caminos a los que se nos da acceso nos conducen muchas veces a caminos insospechados como aquellos trazados por la antropología económica, que nos permiten reflexionar de forma no tan lineal acerca de lo que parece evidente. Los mercados dentro de la Ciudad de México podrían a primera vista parecer solo centros de consumo establecidos. Sin embargo, en este trabajo se busca mostrar al mercado como un elemento vivo de diferentes culturas. Como un actor que nos permite hablar de las herencias de los mercados prehispánicos y coloniales a los mercados de nuestros tiempos, pero ¿dónde podríamos encontrar un mercado que nos permitiera dar cuenta de estos estos procesos de intercambio? Consideramos que un heredero directo de estas localidades de mercado dentro de la ciudad es la Merced.
Abstract:
The work within the anthropological field is undoubtedly vast. The different forms of exploration and roads that are accessed lead us to unsuspected roads like those traced by economic anthropology, which allow us to reflect in a not so clear line about what seems obvious. Markets within Mexico City could be considered as single consumption centers. However, this work seeks to show the market as a living element of different cultures. As an actor that allows us to talk about the inheritances of the pre-Hispanic and colonial markets to the markets of our times, but where is there a market that allows us to account for these exchange processes? We consider that a direct example of these market locations within the city is La Merced.
Palabras clave: merced, antropología económica, localidad de mercado.
Keywords: merced, economic anthropology, market location.
mercado merced
La Merced, el territorio del barrio se ha ampliado 
llegando a cubrir prácticamente la misma extensión 
que tenía en la época prehispánica.
Pascale Vilchis
Reflexionar acerca de los mercados en la ciudad de México devela una tarea nada sencilla y al mismo tiempo fascinante para el antropólogo. Permite, entre otras cosas, la observación del “principal mecanismo económico de distribución; revela la forma en que la gente dispone de sus productos y adquiere artículos para su consumo, en suma, la organización económica de cada distrito y localidad” (Malinowski, 2011, p. 37).
La ciudad guarda una relación ontológica con el mercado. Weber en su obra La ciudad nos permite dar cuenta de ello; para él, el mercado tiene una importancia sustancial: “toda ciudad –en el sentido que aquí damos a la palabra– es una localidad de mercado… La ciudad es un asentamiento de mercado’” (1987, p. 49). Debido a que es considerado como un centro económico que permite la configuración de importantes intercambios de diversa naturaleza, es donde ocurre una especialización de producción económica además de ser el centro de abastecimiento de productos y artículos diversos para el comercio o “de ambos, y, como es natural, los habitantes de la ciudad intercambian los productos especiales de sus economías respectivas y satisfacen de este modo sus necesidades” (Weber, 1987, p. 34).
En este sentido, y en el caso particular de nuestro país, debemos dar cuenta de la importancia de las herencias de los mercados prehispánicos y coloniales a los mercados de nuestros tiempos, pero ¿dónde podríamos encontrar un mercado que nos permitiera dar cuenta de estos estos procesos de intercambio? Consideramos que un heredero directo de estas localidades de mercado dentro de la ciudad es la Merced.
Sin embargo, es importante precisar que a pesar de que el consumo y la producción serían elementos también importantes de discutir para comprender el intercambio, este trabajo centrara sus esfuerzos en “el intercambio” que tiene lugar en este espacio.
Para ello debemos traer a cuenta por lo menos dos tipos de intercambio, por un lado, aquel que tiene lugar en las sociedades tradicionales (reciprocidad), y por otro aquel que está asentado en el intercambio económico a partir de un tipo de moneda.
Para lograr observar estos dos tipos de intercambio, debemos arriesgarnos a dar un corte histórico y así generar una mirada más amplia como aquella que propone Fox (1957) a partir de contextualizar los lugares en un marco de mayor amplitud que nos permita dar cuenta de las relaciones económicas y sociales que tienen lugar en una localidad de mercado. Tarea compleja, subraya Malinowski, pues al principio, el etnógrafo se pierde con facilidad: “la dificultad estriba en el caos general del cuadro, combinado con la apabullante simplicidad de cada transacción concreta. Los árboles de ese caos impiden ver el bosque” (2011, p. 45).
Dar cuenta de las formas de intercambio en los mercados y en particular en uno de los mercados más importantes de la capital del país, como es la Merced, convoca a mostrar cómo la importancia de los intercambios en él es una herencia de la gran Tenochtitlan, espacio geográfico de lo que hoy llamanos Ciudad de México.
Una localidad de mercado
Dar cuenta del escenario de la gran Tenochtitlan es mostrar solo un reflejo de aquello que pudo ser. Su construcción deriva del trabajo de múltiples voces y desde diferentes direcciones,[1] sin embargo me parece que el trabajo De Rojas (1986) permite un acercamiento al sistema económico y en particular a la importancia del mercado en esta cultura y su relevancia en la ciudad más importante del imperio mexica.
La narración de este autor permite ubicar un mercado principal en Tlatelolco[2] sitio a donde llegaban a comerciar las personas desde distintos lugares, algunos de ellos muy lejanos, a la ciudad de Tenochtitlan. Además, describe las importantes vialidades constituidas por los canales para la entrada de diferentes productos y da cuenta de una organización compleja, que organiza en tres sectores siendo los comerciantes parte del tercer sector.
En el México prehispánico, el mercado o tianguis era el centro irradiador de comunicación y trueque. Al momento de la Conquista y durante todo el primer siglo de la Colonia los testimonios españoles fluyen e inmortalizan la grandeza, la muchedumbre, los productos y la importancia que tenía el tianguis para los indígenas (Villegas, 2010, p. 93).
El proceso de intercambio que tenía lugar en esta localidad de mercado, obedece a una lógica de intercambio o trueque. Según Durán (1984) en “la época prehispánica el mercado era el único lugar donde se podía intercambiar cualquier tipo de mercancías a través de un sistema de trueque bien establecido” (en Villegas, 2010, p. 94). Sin embargo dentro de ese intercambio existen algunos productos con un valor especifico, este valor no es de carácter monetario como en la sociedad actual, esta lógica de intercambio obedece a una naturaleza distinta, que podría estar relacionada con su funcionalidad en ese contexto. De Rojas (1986) destaca tres productos de relevancia trascendental, las mantas de algodón, el cacao y cartuchos de plumas de aves; sin embargo en las matrículas de tributo azteca se pueden observar otros productos que eran importantes para los aztecas (Códice Mendocino,1541, folios 19-56).[3] Lo anterior da cuenta de la existencia de dos lógicas de mercado en esta cultura, una de carácter interno y otra de carácter externo con otros señoríos.
Existe también información de que en los mercados los habitantes de su entorno y los propios vendedores eran informados acerca de la vida política y social que se desarrollaba en el imperio azteca. De manera que el mercado involucraba un importante espacio para establecer relaciones sociales (De Rojas, 1988).
Estas actividades comerciales de intercambio y punto de reunión social no cambian con la conquista y en la colonia, el trazo de la ciudad incluye la lógica del mercado a la que la población estaba acostumbrada. Comenta Villegas:
En el corazón de la traza se encontraba el centro administrativo, comercial y religioso de la Colonia. La plaza de armas recibía el mercado cotidiano. Rápidamente el tianguis de México se convirtió en el centro comercial más grande de la Nueva España y destronó al de Tlatelolco, el cual quedó fuera de la traza (Villegas, 2010, p. 95).
En los mercados coloniales era usual encontrar una variada mezcla de la población, en ella se podía observar indígenas, mestizos, mulatos, negros y españoles, aunque comenta Villegas que la mayoría de los vendedores eran indígenas, en este sentido podemos observar como el mercado colonial era ejemplo del mosaico social de las prácticas económicas de una región o localidad, además de develar la organización social y cultural alrededor de las mismas. Reporta Cervantes de Salazar:
Desde esta calle que, como ves, atraviesa la de Tacuba, ocupan ambas aceras, hasta la plaza, toda clase de artesanos y menestrales, como son carpinteros, herreros, cerrajeros, zapateros, tejedores, barberos, panaderos, pintores, cinceladores, sastres, borceguineros, armeros, veleros, ballesteros, espaderos, bizcocheros, pulperos, torneros, etc., sin que sea admitido hombre alguno de otra condición u oficio (1985, p. 42).
Esta narración da cuenta del cambio de oficios y el orden que se da a este mercado en función de la vida colonial a diferencia de las formas de organización y oficios que había en el México prehispánico. Cabe destacar que la relevancia o herencia precisamente estriba en que, en esta localidad de mercado, ocurrían circulación de mercancía, intercambio o trueque, información política y social, procesos de solidaridad entre las clases o castas, además que en la colonia surge el intercambio a partir del patrón de los metales (Silva, 2010).
En este sentido podemos observar cierta continuidad en la importancia y organización de los mercados dentro de la ciudad. A continuación, mostramos dos ilustraciones que permiten observar lo que se cree fue un mercado prehispánico y uno colonial. Estas ilustraciones podrían dar lugar a cuestionamientos como:
  • ¿Qué tipos de productos existían o se comercializaban?
  • ¿Qué nuevos productos se introducen?
  • ¿Quién integra la clase comerciante?
  • ¿Cómo opera el intercambio?
  • ¿Cuáles son las formas de circulación de los productos?
  • ¿Qué tipo de orden existe en estas dos localidades de mercado?
  • ¿Cómo se desarrollan las relaciones sociales dentro de estas localidades de mercado?
  • ¿Cuáles eran las formas de comercio o alguna herencia de los mercados prehispánicos a los coloniales? Y de ser así, ¿qué implicaciones tiene y para qué hacer trabajo de campo en los mercados de la ciudad de México en nuestro tiempo?
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Mercado de Tlatelolco (maqueta en el MNAH)
Para Polanyi, la comprensión en torno a la economía de mercado de las sociedades occidentales estuvo monopolizada por la ciencia económica, y afirma que la visión o exploración de las diversas economías tradicionales dotó a los antropólogos de elementos importantes para la discusión: “el estudio de las economías primitivas era sustancial a fin de comprender cabalmente la economía de las sociedades civilizadas” (1947, p. 74). En México este hecho no era la excepción, pues dentro de este territorio conviven como hemos dicho herencias de sociedades tradicionales que han derivado importantes trabajos antropológicos que conducen a la exploración de otras lógicas de intercambio, además de dar cuenta de cómo conviven en muchos casos ambas lógicas de intercambio, circunstancia que muestra el trabajo de Greenberg (2002) con su crítica al concepto de comunidad corporativa cerrada, dando oportunidad a mirar al comercio como un asunto que no respondía a una sola lógica de intercambio. Si no que en ésta vivían por lo menos dos lógicas las tradicionales y las precapitalistas que dan sentido a las localidades de mercado de nuestro tiempo además de dar cuenta de una lógica distinta de intercambio y circulación de los productos.
Cabe aclarar que estos cambios y herencias no ocurren de manera lineal, sino por el contrario, son profundos procesos que impactaron a las sociedades de manera trascendental y el trabajo antropológico permite dar cuenta de ello, pues dentro de las narrativas de los trabajos de campo de diferentes épocas podemos encontrar la configuración de los mercados, a partir de las observaciones de la dinámica de la población (raza, clase social, roles y oficios), además de dar cuenta de la composición cultural y social de una localidad y región, así como el funcionamiento y circulación de productos, debemos recordar que “el mejoramiento de la producción es acompañado de la dislocación catastrófica de la vida común” (Polanyi, 1957, p. 81). La transición del México prehispánico al colonial y al México independiente da cuenta de esta importante transición dotada de pliegues y relieves que involucrarían una tarea ambiciosa para su explicación y que no es el objetivo de este trabajo, pero que nos parece importante señalar debido a que para comprender las dinámicas de la localidad de mercado en el presente siglo debemos tener claridad de estas herencias y transiciones.
En particular se debe enfatizar la importancia de la localidad de mercado que sobrevivió y se reconfiguró a los tiempos y a los modos de producción, consumo e intercambio en la ciudad de México y el ejemplo más claro es el mercado de la Merced.
La Merced en el tiempo
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 Mercado El Parián en la Plaza Mayor durante la Colonia (autor: Juan Antonio Prado, ca. 1769, fragmento).
En el México independiente, en el centro del país tuvo continuidad la importancia de los mercados y la Merced sobrevivió a la herencia prehispánica y colonial, su importancia radicaba en la importante conexión de los productos con regiones como Chalco, Xochimilco y Texcoco, por mencionar algunas. Otros mercados la antecedieron como Tlatelolco y el Volador. La Merced se fundó hacia 1594 en las inmediaciones del Convento de Nuestra Señora de la Merced, ubicado en la parte oriente del Centro Histórico. Hasta allí llegaba el llamado Canal de la Viga[4] donde por medio de lanchones o trajineras se transportaban las mercancías al centro de la ciudad.
La Merced inició como un mercado de calle. No estaba dentro de un inmueble en sus primeros tiempos, pues seguía bajo la lógica del mercado prehispánico, es decir, la alineación de puestos unos frente a otros; fue en el porfiriato cuando tuvo su transición a mercado establecido.
Las reseñas de este barrio cuentan que la demografía era variada pues además de la población local, en los años treinta fue un espacio que acogió numerosos inmigrantes procedentes del espacio rural, así como españoles, libaneses, chinos, judíos, árabes, entre otros, pues el mercado era una importante fuente de trabajo para las personas que venían de provincia y de otros lugares a la ciudad (Hernández, 1997).
Para la década de los cincuenta el antiguo mercado fue demolido, y en 1957 fue construido, con diseño del arquitecto Enrique del Moral, el nuevo Mercado de la Merced, a un costado de una moderna avenida: el Anillo de Circunvalación, que pertenece, hoy día, a la delegación Venustiano Carranza de la Ciudad de México.
La Merced una observación de corte etnográfico 
A primera vista, el paisaje urbano de la Merced en nuestros días, no tendría mucho que ver con aquella Merced de la colonia o del porfiriato, pero bastaría una inmersión en esta localidad para dar cuenta que, en ella, conviven herencias de intercambio tradicional y formas de intercambio capitalista. Dar cuanta de las transformaciones de esta localidad de mercado podría quedar enmarcado con la simple descripción del acceso a ella:
Llegar a la Merced por medio del metro de la ciudad, resulta más sencillo, pues hacerlo por fuera requiere de mucha paciencia, las avenidas están siempre a tope y es fácil perderse en una zona comercial como está, invadida por puestos ambulantes en la calle (Valdés, 2015).
Realizar el recorrido en el transporte subterráneo permite ubicar la diversidad de la población que se dirige a esta localidad de mercado, además de percibir los olores de cebollas, chiles y ajos que no dejan duda de que has llegado a dicha localidad.
El mercado de la Merced está integrado por dos naves: una mayor y otra menor, además de un paso a desnivel. Para visitarla se requiere de una cierta claridad en los accesos, las formas de transporte, túneles y trazas internas:
Al bajar del metro, se debe tomar la salida que te lleva directamente a la nave mayor donde se vende frutas, verduras y legumbres, para ir a la nave menor se debe cruzar la calle o pasar por el pasaje que divide las naves ahí encuentras carnes, pescado, lácteos, abarrotes y carnes frías, también en el paso a desnivel hay venta de comida preparada y antojitos… bueno, ya no es como antes, ahora donde quiera se encuentran cosas y es difícil caminar (Argüelles, 2015).
Pero ¿quiénes venden y quiénes compran en el mercado de la Merced? ¿Cómo ocurre el intercambio?
La población que asiste es diversa; entre los vendedores se encuentran los que son locatarios fijos en el inmueble y los ambulantes. En ambos existen migrantes de zonas rurales como: Puebla, Oaxaca, Morelos, Estado de México, la mayoría de ascendencia indígena. No en todos los casos los vendedores de ascendencia indígena guardan un estrecho vínculo con la comunidad de origen (comentan algunos locatarios), pues en algunos casos ese vínculo fue perdiéndose conforme desarrollaban su vida cotidiana y se casaban sus hijos con personas en la ciudad. Por otro lado, también están los indígenas que llegaron a la ciudad hace menos tiempo, este grupo se caracteriza por tener continuidad y vínculo con su comunidad de origen, se mueven en grupos y hacen uso de su lengua materna y usan vestidos tradicionales. Por último, tenemos a los hijos de los inmigrantes de otros tiempos con ascendencia judía, libanesa. Además de lo que podríamos describir como población mestiza con ascendencia más urbana.
Este tema de las relaciones familiares, los lazos o redes que se muestran dentro de esta localidad de mercado, podríamos considerar la posibilidad de estudiarlo como posibles relaciones que responden y operan frente a la idea de reciprocidad:
La ‘reciprocidad’ es un juego simétrico, donde un lazo social se expresa por la vía de una transferencia de valor.[5] Esta transferencia podrá ser temporalmente simultánea a su contraparte, o bien esta estará temporalmente diferida. Podrá ser dual o podrá ser tercerizada y transitiva, pero en todos esos casos “recíprocos”, sean alimentos, sean novias, sean niños, sean prestaciones de trabajo, sean canoas o cerdos, a) se da algo que no se vuelve a ver, y se retribuye con un valor equivalente. b) La suma de lo que uno se desprende y lo que el otro recibe es igual a cero (Abduca, 2007, p. 118).
En este sentido podríamos pensar que dentro de esta localidad de mercado ocurren intercambios en otro sentido. No es tarea de este trabajo realizar una exploración exhaustiva sobre el tema, pues necesitaríamos de otros elementos de carácter etnográfico para lograr un tejido fino al respecto. Pero sí se quiere demostrar algunas ideas que surgen de la visita de observación de corte etnográfico a la Merced.
Para mostrar o acercarme un poco a los consumidores de este mercado, decidí observar a una familia haciendo compras. Esta familia tiene 10 años visitando el mercado, y está integrada por tres hermanos, dos hombres y una mujer, de clase media, la mujer trabaja como profesora, el hermano mayor trabaja con judíos desde hace 10 años en mueblerías y el menor está terminando la universidad. Al realizar sus compras me di cuenta de que tenían bien ubicados los puestos de sus marchantes:
Hermana: 
–Qué paso marchanta, cómo está, deme un kilo de calabacita tierna.
Señora del puesto: 
–Bien güerita, aquí, ya sabe, con los dolores de pierna, ahorita se lo pongo (observación, 2015).
Seguimos caminando entre los diferentes puestos de la nave mayor, encontramos a otra “marchanta” como se refiere la hermana a las señoras que venden en los puestos.
Ahí ocurrió un asunto de intercambio que me pareció peculiar. En este puesto se compró toda la verdura que corresponde a hortalizas: lechuga, germinado de soya, berenjena, tomatitos, etc., al pagar, la señora no tuvo cambio, y regresó a la hermana un puño de ajos de cabeza grande, la hermana contestó: “gracias, ¿segura que así está bien? La señora respondió: sí güerita”. El cambio eran 10 pesos que fueron devueltos en especie, no hubo ninguna discusión para recuperar el cambio en moneda, fueron intercambiados sin ninguna discusión. Mi sorpresa era que esa medida de intercambio era completamente aceptada por la hermana ¿Cómo saber si correspondían con el valor monetario? ¿Se trataba de un trueque? ¿O era simplemente una práctica común en el mercado? ¿Operó alguna presión mi presencia? Son preguntas difíciles de responder con un ejercicio tan corto de observación, pero que permiten sin lugar a dudas plantear importantes preguntas para el desarrollo de un trabajo de campo serio en esta localidad de mercado.
Conclusión 
El espacio y el tiempo para desarrollar este ejercicio es corto para lograr retratar a esta localidad de mercado después de la experiencia de transitar por ella, además de conocer algunos materiales que me ayudaron a entender que, en ella, existen diversas lógicas de intercambio que guardan relación con una estructura de población que opera bajo un mosaico multicolor heredera de tiempos y de espacios distintos que se reconfigura y se expresan en este tiempo que permite dar cuenta de esas herencias.
No se trata más que de tierra fértil para la exploración antropológica y en particular para el trabajo de campo de la antropología económica. Pues dentro de la dinámica interna de este espacio podemos explorar los procesos de intercambio, de consumo y su vínculo con la producción, además de encontrar otras áreas de la economía que devela la antropología económica, es aventurado decir que podemos encontrar una convivencia de formas de intercambio y consumo tradicional y capitalista porque para ello tendríamos que realizar un trabajo más profundo; sin embargo, podemos observar que:
Algunos de estos rasgos pueden tener raíces prehispánicas, éstos han sido en igual manera un producto de cinco siglos de integración a la economía mundial y al sistema de dominación de la sociedad más amplia. No obstante, tales elementos no capitalistas continúan definiendo un conjunto distintivo de valores y códigos morales (Greenberg, 2002, p. 134).
De manera que el mercado siempre ha formado parte importante en el contexto de nuestra ciudad. Pero es de destacar que el elemento de proceso y transición de estos mercados en los diferentes modos de producción, resultan significativos para el trabajo de campo antropológico, pues este no emana de un simple paso de una economía tradicional a una medieval como fue el caso de las economías europeas y después industrial, sino que debemos buscar dentro de la dinámica de los mercados actuales algunas reminiscencias que nos ayudan a dar cuenta de un importante proceso de transformación. Por ello nos resulta relevante hablar de ciertos datos respecto de la transición de los mercados mexicas y su permanencia en la colonia y en nuestros días. Nos lleva a la pregunta que Malinowski se hizo en su etnografía de Oaxaca: ¿Qué ocurre en los mercados de México? Cuestionamiento que da pie a abrir la discusión de los procesos de economía clásica e invita a escena a la antropología económica y su metodología etnográfica para derivar preguntas y reflexionar acerca de esa fetichización de los mercados, de eso que invisibiliza el dato cuantitativo o el enfoque clásico que, como dice Malinowski, muestran el árbol pero ocultan el bosque.
Bibliografia
Abduca, Ricardo (2007). La reciprocidad y el don no son la misma cosa. Cuadernos de Antropología Social, N°. 26, pp. 107-124, Universidad de Buenos Aires Buenos Aires, Argentina. Disponible en: http://www.redalyc.org/pdf/1809/180914245006.pdf
De Rojas, José (1986). México Tenochtitlan. Economía y sociedad en el siglo XVI. Zamora, Michoacán: El Colegio de Michoacán.
Durán, Fray Diego (1984). Historia de las Indias de Nueva España e islas de la Tierra Firme. México, Porrúa.
Fox, Richard (1977). Urban Anthropology Cities in their cultural settings. New Jersey: Prentice-hall.
Gaggioli, Naymé (2014). El mundo financiero como objeto antropológico, Runa, vol. 35, N°. 1, pp. 41-60 Universidad de Buenos Aires Buenos Aires, Argentina. Disponoble en:http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-96282014000100003&lng=es&nrm=iso
Greenberg, James (2002). El capital, los rituales y las fronteras de la comunidad corporativa cerrada. Desacatos. N°. 9, primavera-verano, pp. 132-147. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social. Distrito Federal, México.
Malinowski, Bronislaw (2011). La economía de un sistema de mercados en México. México: Universidad Iberoamericana.
Polanyi, Karl (2012). La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. México: FCE.
Silva, Jorge (2010). El mercado interno colonial novohispano. Siglos XVIII-XIX. Evidencias y resultados Economía y Sociedad, vol. XIV, núm. 25, enero-junio, pp. 33-50. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo Morelia, Distrito Federal, México. Disponible en:http://www.redalyc.org/pdf/510/51015546003.pdf
Vilchis, Flores (2010). Reseña de “El barrio de La Merced: estudio para su regeneración integral” de Ricardo Antonio Tena Núñez y Salvador Urrieta García (Coords.). Cuicuilco, vol. 17, N°. 48, enero-junio, pp. 331-334. Escuela Nacional de Antropología e Historia. Distrito Federal, México. Disponible en:
Villegas, Pascale (2010). Del tianguis prehispánico al tianguis colonial: Lugar de intercambio y predicación siglo XVI, Estudios Mesoamericanos Nueva época. N°8. Enero-junio. pp. 93-102 México. Disponiblehttp://www.iifilologicas.unam.mx/estmesoam/uploads/Vol%C3%BAmenes/Volumen%208/Villegas-tianguis-prehispanico.pdf
Weber, Max (1987). La ciudad. Madrid: Piqueta.
Entrevistas informales
Señora Rosa Hernández (1998). México, D.F.
Valdés, Roberto (2015). México, D.F., 7 de noviembre.
Argüelles, Guillermo (2015). México, D.F., 10 de noviembre.
Observación en la Merced (2015). México, D.F., 7 de noviembre.
Notas 
[1] Nos referimos que los datos a los cuales tenemos acceso acerca de la gran Tenochtitlan, son en su mayoría elaborados por religiosos y por los conquistadores, si bien es cierto que el colegio de Tlatelolco permite una recuperación importante de materiales elaborados por los propios indígenas, estos no escapan al filtro de sus profesores franciscanos de la época.
[2] El mercado de Tlatelolco cobró mayor relevancia cuando este señorío formó parte de la cultura azteca (Villegas, 2010).
[3] Ver http://codicemendoza.inah.gob.mx/inicio.php?lang=spanish consultado el 10 de noviembre de 2105, a las 4:31 pm.
[4] En lo que actualmente conocemos como La Viga y Santa Anita. En los siglos XVI al XIX, al canal prehispánico se le llamó Acequia Real. Su valor como vía de comunicación podría equipararse al de nuestra moderna Insurgentes (Enríquez, s/f)) disponible en:
[5] “Son esas cadenas invisibles que ligan las relaciones entre cosas y las relaciones entre gentes” (Abduca, 2007, p. 117).

 * Profesora de Tiempo Completo de la Universidad Pedagógica Nacional-UNidad Ajusco.

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domingo, 26 de marzo de 2017

Joya en La Merced

Ángeles González Gamio 



Hoy regresamos nuevamente a La Merced, ese barrio castizo que guarda tanta historia. Ya hemos platicado que México-Tenochtitlan estaba conformada por cuatro parcialidades: Cuepopan, Moyotlán, Atzacoalco y Zoquipan o Teopan. En este último se encontraba una de las zonas comerciales más importantes, entre otras razones, por la cercanía con la acequia que desembocaba en el que en el Virreinato se llamó desembarcadero de Roldán (arriba). Por esta vía llegaban cientos de canoas a surtir de verduras, flores, frutas, aves, pescados, granos y cuanta mercancía pueda pensarse, que venían de los pueblos de Xochimilco, Tláhuac, Santa Anita y sitios más lejanos, cuyos habitantes iban a esos lugares a embarcar sus productos para la venta en la metrópoli mexica.

A este sitio llegaron los mercedarios en 1589 para establecer un convento con su templo. Pertenecían a la Orden Militar de Nuestra Señora de La Merced y Redención de los Cautivos, que nació en 1218 en Barcelona. Estaba constituida por caballeros militares y su objetivo era rescatar a los cristianos que caían en poder de los moros. Al paso del tiempo se volvieron frailes “trocando la espada por la cruz”, lo cual no siempre fue así, ya que en ocasiones solían ser bastante belicosos.

En el siglo XVIII rehicieron las instalaciones y edificaron un soberbio convento con el claustro más bello de América (foto abajo) y bautizaron el barrio, que hasta la fecha se conoce como La Merced. A raíz de la aplicación de las Leyes de Reforma, a mediados del siglo XIX, el templo estilo mudéjar y parte del convento fueron destruidos.


En el predio que había ocupado el templo se construyó en 1869, uno de los primeros grandes mercados “modernos” que se hicieron en la capital, que llevó el nombre del antiguo convento: La Merced.

Por fortuna se salvó el maravilloso claustro barroco que tras usos diversos terminó medio abandonado. En muchas ocasiones clamamos porque se restaurara y se le diera un uso digno, ya que sólo se utilizaba de vez en cuando para algunos actos y bodas elegantes.

Felizmente, sucedió; desde hace varios años el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) lo ha venido restaurando bajo la dirección del arquitecto Juan Urquíaga. Con el rigor que lo caracteriza eliminó edificaciones que se le habían añadido, como unos cuartos en la azotea, donde vivieron un tiempo el Dr. Atl y Nahui Ollin.

Asimismo, se eliminaron las lozas de cemento que cubrían la techumbre de los amplios pasillos de ambos pisos, para sustituirlas por vigas de madera, que es lo que tuvo originalmente. El peso de todos esos agregados ponía en serio peligro la estructura. Se devolvió el nivel original al patio, gracias a lo cual se pueden apreciar las proporciones de las arcadas. Esto permitió también sacar a la luz una original fuente que surtía de agua al convento.

El arquitecto Urquiaga fue el autor de la recuperación del antiguo convento de Santo Domingo en Oaxaca. La obra fue de tal calidad y magnitud, que el gobierno de España le otorgó el premio Reina Sofía, como una de las mejores restauraciones realizadas en el mundo.

Para facilitar el uso como centro cultural, se requiere construir en el terreno adjunto que ocuparon sucesivamente el templo y el mercado, espacio para oficinas, baños y demás servicios. Es indispensable cubrir el patio para proteger el extraordinario y fino labrado de las columnas y arcos de los efectos de la lluvia ácida, que esta comenzando a carcomer la piedra. Para tal fin, con todo cuidado, se ha colocado una ligera estructura que va a sostener una cubierta de cristal, la cual además va a permitir el uso del soberbio espacio.

Tras la fascinante visita, Mónica Uniquel, directora de la cercana Sinagoga convertida en centro cultural, nos llevó a un restaurante kosher. Situado en una terraza dentro de un modesto centro comercial en el callejón Mixcalco 10, ofrece tanto platillos mexicanos como de medio oriente. Sabroso el yerushalmi, guiso con salchicha árabe, pollo y carne de res. Abre de lunes a viernes. 

gonzalezgamio@gmail.com

La Jornada, domingo 26 de marzo de 2017

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sábado, 14 de enero de 2017

Foto del Barrio con Plaza de Toros ca. 1940


El mérito del hallazgo de esta fotografía* le corresponde de manera íntegra a Héctor Mancilla López. Él, su esposa Rebeca Díaz Ziehl, Jorge Alvarado Granados, y yo, somos el núcleo de vecinos que fundamos el grupo de Amigos del Barrio de Tultenco. Cada una de nuestras familias tiene más 50 años de vivir en la Colonia Vista Alegre.
Recuperar la memoria del espacio en el que vivimos nuestra infancia, la juventud y la madurez, se volvió un proyecto de vida. Ahí empezamos a hacernos preguntas: ¿Cómo llegó mi familia al barrio? ¿Cuál es la historia de nuestras colonias? ¿Quiénes son los personajes cuyas calles llevan sus nombres? ¿De qué época data la construcción de la parroquia de San Francisco Tultengo? ¿Es Tultengo o Tultenco?  ¿Hubo carreras de autos en el Parque Asturias? ¿Cuántas fotos habrá en la red relacionadas con el barrio y su entorno? ¿Cómo se llama el jardín de la colonia? Y una pregunta que es motivo de esta entrada: ¿Es verdad que hubo una plaza de toros llamada Vista Alegre?
Todo era una suposición. Algunos de los vecinos mas viejos decían que habían escuchado que en algún lugar del barrio hubo una plaza de toros. Yo llegué a escuchar de un fotógrafo de la Colonia Tránsito, que en la entrada de la plaza de toros había la mitad de un auto engarzado a una pared.
Pero regresemos a la historia del hallazgo de esta fotografía. Héctor ya llevaba tardes y noches buscando en lo que ahora es el Fondo Aerofotográfico de la Fundación de Ingenieros Civiles Asociados (ICA), de lo que fue la Compañía Mexicana de Aerofoto (antes Fairchild Aerial Camera Corporation) fundada en 1930.
Se fue aproximando poco a poco, abría fotos y más fotos, hasta que una noche, de madrugada, dio finalmente con la fotografía que ahora publicamos. En una de las reuniones del grupo contó con toda animosidad cómo, al encontrar esta foto y en ella la Plaza de Toros Vista Alegre, quiso ir a tocar las campanas de las parroquias del barrio para anunciar el descubrimiento. Pero era de madrugada y a nadie le gusta que le espanten el sueño. Ya habría tiempo de sobra para la buena nueva.
Vamos ahora a intentar una larga descripción de todo lo que vemos en la foto, empezando por la Plaza de Toros Vista Alegre.

* Esta fotografía es propiedad de la Fundación ICA.

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La Colección: “Memorias del Barrio de Tultenco” está planeada para la publicación de fascículos temáticos en los que se abordarán:
• Los personajes ilustres que dan nombre a las calles del Barrio de Tultenco;
• La historia de su fundación y desarrollo urbano;
• El patrimonio edificado;
• El patrimonio inmaterial;
• Los relatos de nuestros vecinos;
• Personajes inolvidables del Barrio;
• Memoria visual (imágenes antiguas y contemporáneas)

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Colección Memorias: Fascículo 2

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