sábado, 15 de enero de 2011

La Alameda tomada en globo - Casimiro Castro




Vista de la Alameda de México tomada en globo

Habéis pensado alguna vez, en lo que debe experimentar un aeronauta, en el instante de desprenderse de la tierra, arrebatado por el globo? Es una sensación extraña, desagradable: la idea de sentirse uno aislado en medio del espacio, hace contraer todos los nervios; el rápido movimiento de los objetos, que se hunden y alejan de la vista, causa mareo: es un verdadero vértigo. Pero en cambio, ¡cuán imponente, cuán magnífico, cuán espléndido, es el espectáculo que se presenta ante la vista del viajero, pasado aquel primer momento! El lenguaje humano carece de expresiones para pintar lo que el alma siente al contemplar de pronto un horizonte sin límites, al ver sobre la cabeza un cielo sin nubes, y á sus plantas la tierra, que ostenta sus galas como en un inmenso panorama. ¡Un grito de admiración y de asombro se arranca entonces del pecho!

Era una mañana de primavera, una de esas mañanas en que el cielo de México, siempre límpido y puro, ostenta un azul admirable; el sol se elevaba lentamente hacia el zenit, y soplaba una brisa apacible, cargada con el perfume de las flores, que infundía cierta voluptuosa languidez en los pechos que la respiraban.

¿Os contaré los preparativos para una ascensión aerostática? ¿Os referiré los temores, que no pueden menos de asaltar al corazón del que va a emprender el viaje? ¿Pero, de qué os servirá esto? Ante un espectáculo que ocupa la imaginación entera, las pequeñeces desaparecen como las manchas en el sol.

Figuraos de pronto, en la frágil navecilla de mimbres, en medio de los aires. Ved: ahí bajo vuestras plantas tenéis la Alameda, el más bello y majestuoso paseo de México. Es un bosque simétricamente dispuesto, con fresnos, álamos, sauces y otros árboles, que ofrecen un conjunto verdaderamente hermoso.

Mirad: desde el punto en que estamos percibís algunas de las fuentes y varías calles. ¿No es verdad, que la Alameda es un paseo lindísimo, en el cual se goza de dulce frescura, de grata calma y de silencio apacible, apenas turbado en las horas calurosas del día, por el melancólico arrullo de la tórtola amorosa? ¿No es verdad, que muchas veces, cuando vuestro corazón agitado necesita de la soledad, habéis venido á pasearos por algunas de esas calles adonde no penetran los rayos del sol, y habéis hallado consuelo?

¡Oh! ¡si fijáis vuestra mirada en este sitio, á la hora en que el sol comienza á dorar las copas de los árboles, veréis sus calles cubiertas de hermosas jóvenes, de señoras de todas clases, que en traje matinal vienen á respirar el aire puro: más tarde, encontraréis el paseo desierto, silencioso, a propósito para meditar: por la tarde, la escena cambia; los niños invaden con sus juegos infantiles los prados y jardines; multitud de personas discurren por las calles, y los coches y briosos corceles atraviesan por el lugar propio para su paso, levantando nubes de polvo!

A vuestra derecha, tenéis las calles de la Maríscala, San Juan de Dios y San Hipólito, que han quedado tan amplios y hermosas con la destrucción del acueducto que antes llegaba hasta la esquina de aquella y la de San Andrés. Esta medida de ornato se debe al ayuntamiento de 1851 y 1852. Con el tiempo, cuando estas calles estén bien empedradas, lo cual ha comenzado á hacerse ya, y cuando nuevos edificios sustituyan á los antiguos que ahora existen, serán evidentemente las más bellas de la capital.

Fijando la vista á nuestra izquierda, encontramos las calles de Corpus-Christi y Calvario, que son harto notables. Esta serie de calles que desembocan en el paseo de Bucareli, se extienden rectas y acordonadas hasta la plaza mayor de México, ofreciendo á ambos lados una serie de edificios muy bellos, como la Acordada, Hospicio de pobres, San Francisco, Casa de Azulejos, Hotel de las Diligencias Generales (en otro tiempo Casa del Emperador Iturbide), la Casa Antigua de Correos, la que es propiedad del Sr. Soriano, y otras. Estas calles que son, puede decirse, las más centrales de México, se ven transitadas á todas horas por una multitud inmensa; son también las que el comercio ha escogido de preferencia para ostentar sus tiendas y almacenes de ropa, joyería y efectos de lujo.

A ambos lados de la Alameda, se admiran edificios dignos de llamar la atención; los unos, por su objeto y su antigüedad; los otros, por su belleza. Ahí tenéis en el fondo el convento ó iglesia de San Diego, la capilla del Calvario, y en lontananza, los mil jardines y casas de campo del hermoso barrio de San Cosme. A la derecha están, la iglesia de San Hipólito, célebre por la procesión del pendón real; la casa que fue hospital, servido por las Hermanas de la Caridad, y que actualmente es casa de dementes; hermoso y extenso edificio que merece llamar la atención de los inteligentes, y en el cual se encierran hoy 93 infelices privados del uso de la razón. Más adelante se levantan la cúpula y la torre de San Fernando, asilo de religiosos misioneros, el más respetable de todo México. En las calles de la izquierda, llama las miradas el convento de señoras religiosas de Corpus-Christi.

Siguiendo hacia arriba, después de una serie de casas bastante hermosas, encontramos un edificio, el penúltimo de los de la calle, notable tanto por su majestuosa amplitud y hermosura, como por el objeto á que está destinado: es el Hospicio de Pobres, que fue fundado por el chantre Dr. D. Fernando Ortiz Cortés, y abierto el 19 de Marzo de 1774, para servir de asilo á los huérfanos y menesterosos de ambos sexos. El edificio, como hemos dicho, es suntuoso, y fue edificado á todo costo. En estos últimos años ha sido cortado para formar una de las calles nuevas que sirven para prolongar, las de Rebeldes, Nuevo-México, Alconedo, etc., hasta el paseo de Bucareli.

En el Hospicio, uno de los establecimientos mas filantrópicos que existen en la capital, reciben su educación moral y civil, multitud de niñas y niños desvalidos. Se les dá un trato tan dulce y humano como es posible. Sin que los fondos del establecimiento se graven, hay además de los de primeras letras, clases de geografía, música, canto, baile, bordados, pintura y otros ramos de adorno, y existe un departamento especial donde se alimenta y sostiene á todos los ancianos ó enfermos, que estando imposibilitados de trabajar, recurren á la mendicidad, ejercicio prohibido por las leyes de policía.

Una de las costumbres de México es hacer que los niños del Hospicio, con el traje de la casa, concurran á los entierros de lujo para acompañar con cirios los cadáveres. El establecimiento recibe en estos casos una limosna. Sería de desear, sin embargo, que en vez de esto, se procurase recursos estableciendo talleres, para que los huérfanos aprendiesen un arte útil.

El último edificio, con el cual da fin la calle, es la cárcel nacional, antigua Acordada, cuyo nombre conserva todavía, a pesar de haber desaparecido el tribunal de aquel nombre.

La prisión construida para la custodia de los reos, juzgados por el tribunal mencionado, existe á un lado del edificio actual; pero siendo reducido en demasía para el número de presos, se hizo necesario construir la cárcel que hoy vemos.

Esta comenzó á edificarse dirigida por D. Lorenzo Rodríguez, en un espacio de 66 varas de frente y 70 de fondo, que donó la ciudad el 17 de Julio de 1757, y se estrenó el 14 de Febrero de 1781. El importe de la obra se cubrió con donaciones particulares.

La cárcel nacional, es, sin embargo, muy reducida, para el número de presos de ambos sexos que la ocupan generalmente: así es que, los hombres con especialidad, se ven obligados á dormir en estrechos calabozos, sin ventilación y reunidos en considerable número. Varias veces se ha pensado poner talleres en la cárcel para proporcionar ocupación á los presos; pero este útil pensamiento ha encontrado siempre trabas que no le han permitido pasar de simples y aislados ensayos. Los presos que lo desean, reciben en la cárcel los alimentos necesarios, cuyo gasto es sufragado por las rentas del ayuntamiento. El número de presos anualmente en la Acordada, durante el último quinquenio, ha sido poco más o menos, de 15,000 anuales; de entre los cuales, la mayor parte salen libres, pues es de observarse, según los datos de estadística comparada, que en México la criminalidad es hoy corta. En el mismo edificio está el despacho de los cinco jueces de letras de lo criminal, que administran justicia. Contiguo al edificio, existe el cuartel de la Fuerza de policía, destinada pura la custodia de las prisiones y seguridad pública.

Terminada la calle de que acabamos de hablar, comienza luego el Paseo de Bucareli, más comúnmente llamado Paseo Nuevo.

¡Dios mío! ¡Inspira profunda tristeza contemplar así una ciudad desde lo alto: esa serie de edificios que se desarrollan ante nuestra vista, no parecen más que los monumentos que dejan á su tránsito las generaciones que van pasando!

Mientras que nuestra vista se fijaba en la multitud de edificios que rodean la Alameda, evocando recuerdos en la memoria, el globo había seguido su marcha. Poco á poco los objetos todos se borraron como envueltos en una neblina: el ruido de la ciudad, que llegaba hasta nuestros oídos como el zumbido de un enjambre de abejas, se debilitó y llegó a perderse. (...) Hubo un momento en que al bajar nuestro vista hacia la tierra, percibimos ton solo una inmensa sombra. Estábamos entonces verdaderamente aislados en medio del espacio; era un momento solemne en que el alma mas indiferente no hubiera podido menos de sentir todo el respeto que infunde ese espacio sin fin, verdadero reflejo de la eternidad, que se extendía en torno de nosotros.

Florencio M. del Castillo.

México y sus alrededores, Colección de Vistas Monumentales, Paisajes y Trajes del País (1869), de C. Castro, G. Rodríguez y J. Campillo.

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Artesanos en el Barrio de Tultenco








Fotos de Juan Carlos Rangel

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La cuenca de México





Lago de Texcoco. México-Tenochtitlan se localizaba en la Cuenca de México, entre los 2,270 y los 2,750 msnm, en la parte meridional del Altiplano Mexicano. Tenochtitlan se fundó sobre un islote al occidente del Lago, en el año de 1325.


Las dos primeras imágenes son de la revista Arqueología Mexicana.

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viernes, 14 de enero de 2011

Iglesias del Barrio de Tultenco/San Francisquito

















SAN FRANCISCO DE ASÍS
José Sotero Castañeda 563 y Roa Barcenas
Col. Vista Alegre, C.P. 06860
Del. Cuauhtémoc
Tel. 5233-0153
Horario: Lun-Vie 10:00 a 13:30 (excepto Miércoles)

Directorio de Templos: Arquidiócesis Primada de México

La capilla de San Francisquito (así llamada por los feligreses) colindaba con este arroyo y con el ferrocarril de San Rafael-Atlixco.
Este bello ejemplar de humilde edificación religiosa era uno de los pocos que conservaban su estilo franciscano primitivo hasta mediados del siglo XX en que fue “modernizado” perdiendo su genuino tipo franciscano muy característico de los primeros tiempos de la dominación española.

Fuente: Jorge Alvarado Granados es Licenciado en Economía por la UNAM, consultor y bibliófilo, nacido en la colonia Vista Alegre. Entre otras actividades se dedica a la cría de Xoloitzcuintles, raza de perros de origen Mesoamericano. Es miembro fundador del Grupo de Amigos del Barrio de Tultenco. Fascículo 2: Crónicas del Barrio.

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sábado, 8 de enero de 2011

El Paseo de la Viga


EL PASEO DE LA VIGA

Nuestros lectores conocen ya el paseo de Bucareli, paseo de la aristocracia, en donde el extranjero que visita la capital, puede formarse una idea exacta del lujo de sus habitantes, al contemplar la doble hilera de ricos y elegantes carruajes, que recorren lentamente el espacio que media entre la plaza de toros y la fuente principal; ahora verán el paseo popular por excelencia, el sitio que aman los pobres, el lugar de recreo, á donde concurre desde el empleado que se avergüenza de ir en coche de alquiler a Bucareli, hasta el jovial y fandanguero lépero, que en compañía nada santa de una o dos chinas, va á gastar en una tarde el producto de una semana entera de trabajo.

El paseo de la Viga, es una de las primeras cosas, después del caballito de Troya (alias) Carlos IV, que van á visitar los fuereños que aciertan á venir á esta Babilonia que llaman México. Es que, el paseo de la Viga, es al propio tiempo un lugar de recreo y un recuerdo; un recuerdo de la antigua Tenochtitlán, surcada de canales, como la reina del Adriático, y como ella también poderosa, rica e independiente, antes de que vinieran las huestes castellanas con el Cristo en una mano y la espada en la otra, a conquistar estas comarcas.

El canal de la Viga, que une los dos grandes lagos del Valle de México, atravesando una parte de la ciudad, es en efecto todo lo que nos queda de aquellas grandes y numerosas acequias, donde había jardines flotantes que formaban las calles de la antigua México; esta ciudad, que puede decirse, brotó de en medio de las aguas como la Venus de la fábula, hermosa como ella para reclinarse en las alfombras de esmeralda que le ofrece su fértil campiña. Hubo un tiempo en que todo el Valle de México era un inmenso lago que servía tan solo de espejo á las pasajeras nubes; la industria del hombre y la mano de Dios, conquistaron el terreno poco á poco, y las aguas se retiraron hasta reducirse á esos lagos de Texcoco y de Chalco, quo hoy se miran desde nuestras torres como una cinta de plata al pié de las colinas que forman nuestro horizonte. Bien, es cierto que el lecho de esos lagos está, con muy corta diferencia, casi al nivel de México, y que puede venir un día en que las aguas recobren con ímpetu su antiguo dominio; pero ¿qué importa el peligro á esa multitud que corre ansiosa á gozar? En esta vida que recorremos, ¿no hay siempre un abismo bajo nuestras plantas? ¿No es esta misma inseguridad la que presta un poco de atractivo á nuestros placeres? Y luego, bien pudiera suceder que el arte desecase esos lagos: la agricultura ganaría; ganaría la salubridad pública; pero perderíamos ese paseo tan bello y tan poético.

Porque efectivamente, el paseo de la Viga es muy hermoso, y sin disputa el más animado de la capital: a Bucareli va la gente de tono por costumbre, y a lucir sus ricos trenes; á la Alameda los que buscan la calma, el silencio, la sombra; á la Viga, acude el pueblo, el pueblo amigo del ruido, del movimiento y de las sensaciones.

Mirad ¡el artista, más afortunado que nosotros, ha sabido trazar con su lápiz todo un cuadro de costumbres, que se abraza con una sola mirada; ha escogido el instante de mayor animación y lo ha fijado en su lienzo.

Contemplad con atención esa bellísima litografía, y os parecerá oír el zumbido de la multitud que se agita como un inmenso enjambre de abejas!.... Para describir ese cuadro, nos sería preciso ocupar muchas páginas; habría que hacer la historia de cada grupo, de cada objeto, ¿y no sería este un trabajo inútil cuando ese dibujo rebosa verdad, cuando se comprende y se adivina?

Era una tarde del mes de Abril, porque este paseo tiene su época determinada; comienza el miércoles de ceniza y termina el jueves de la Ascensión del Señor. El cielo estaba limpio y sereno, y el sol al declinar hacia al occidente, bañaba la campiña con sus rayos, que al filtrarse por entre las ramas de las árboles, parecían una lluvia de oro.

De las cinco á las seis de la tarde, el paseo llega á su mayor grado de animación: los coches y la gente de a caballo, recorren la calzada que se extiende á la derecha del canal. Los carruajes siguen una línea; pero los jinetes gozan de toda libertad: allí se admiran los hermosos caballos, llenos de fuego y de brío, que caracolean y se agitan; allí luce la habilidad y fuerza del que los monta, ora vista frac a la inglesa, ora luzca el rico y pintoresco traje del ranchero; pues en México generalmente todos saben montar perfectamente.

La multitud pedestre se agolpa al borde del canal, en donde hay bancas de piedra. Allí se sientan el papá y la mamá con toda la familia; allí se refugian todos los que componen esa clase media vergonzante que no va en coche, ni á caballo, ni quiere mezclarse con el pueblo.

En cuanto á este, su placer, su delirio, es embarcarse, tomar un lugar en alguna de esas inmensas canoas que se deslizan lentamente sobre el agua, al son de la música de cuerda, y estremeciéndose con el movimiento de los que bailan.


El muelle o embarcadero, es un lugar de confusión, una torre de Babel, en donde se mezclan y se confunden los gritos del robusto pulquero, que al lado de sus barriles pregona su vendimia, los del indio que busca pasajeros para su canoa, á dos por medio real, los de los fruteros, los dulceros, los gritos de júbilo de la multitud, las incitadoras armonías del jarabe...

Se acerca una canoa: hombres, mujeres, niños, todos se precipitan, y en menos de un minuto la embarcación está ocupada por una multitud compacta, que no puede ni aun moverse; todos tienen que ir en pié, no hay espacio para que nadie se siente. La canoa, recargada de peso, se hunde hasta los borde, tal parece que va a zozobrar: ¡un movimiento, y se hunde todo!

Se mueve lentamente; la multitud se comprime, hace milagros, rompe la música, pues cada nao está provista de artistas indígenas que tañen el arpa, se escucha el incitante jarabe, y hombres, y mujeres, y niños, comienzan á bailar.

Entonces la canoa parece animarse, antes estaba dormida, perezosa. Ahora se mueve con ligereza y marcha por ese canal, que se extiende á la vista hasta perderse en lontananza. Mil canoas se cruzan, y en todas se canta, en todas se baila; á veces tropiezan, y una de ellas se va á pique; pero el baño que sufren los bailarines, no hace más que redoblar su alegría.

De una canoa á otra se entornan diálogos; la música de la una, hace perder el compás á los bailarines de la otra, y para el espectador que permanece en la orilla, esa armoniosa confusión, ese movimiento incesante, esa alegría expansiva, forman uno de esos cuadros que no se olvidan nunca.

Las canoas navegan así hasta Santa Anita ó Ixtacalco, pequeños, pero pintorescos pueblecillos de indígenas, que se mantienen con el comercio de flores, de legumbres y de patos. Allí se renueva el fandango, se hacen nuevas libaciones, y cuando el sol ha caído, regresan todos más contentos, más animados. Todos vuelven entonces coronados de flores, de las que se cultivan en las chinampas, jardines flotantes, hechos en medio de las aguas á fuerza de industria; y ya entrada la noche, al dispersarse la multitud silenciosa, pues la alegría después de su explosión, causa y deja un vacío en el corazón, lleva hasta el hogar doméstico la guirnalda de amapolas, que es de rigor traer, como un recuerdo del placer pasado....

Florencio M. del Castillo
México y sus Alrededores
1855-1856
Primera parte


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Las 13 Garitas de la Ciudad de México

El autor de esta imagen es Tomás Filsinger, quien ha hecho un trabajo minucioso sobre la ciudad prehispánica de México-Tenochtitlan. En ésta ubica con toda precisión las 13 garitas que controlaban la entrada y la salida de la Nueva España, joya de la corona española en las tierras del nuevo mundo. Al sur-oriente de la ciudad se ubicaban las garitas de La Candelaria, la de La Viga y la de Coyuya.

Si ampliamos la imagen podemos ver que la Garita de La Viga controlaba el paso de las canoas y lanchones que surcaban por el Canal de La Viga. Esta fue una de los principales vías de abastecimiento de legumbres y verduras hacia la ciudad de México. En este blog hemos publicado una litografía que nos da una idea de lo que fue el embarcadero de Roldán, lugar de distribución de todo tipo de mercancías y víveres que llegaban a la ciudad desde Xochimilco.

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La Colección: “Memorias del Barrio de Tultenco” está planeada para la publicación de fascículos temáticos en los que se abordarán:
• Los personajes ilustres que dan nombre a las calles del Barrio de Tultenco;
• La historia de su fundación y desarrollo urbano;
• El patrimonio edificado;
• El patrimonio inmaterial;
• Los relatos de nuestros vecinos;
• Personajes inolvidables del Barrio;
• Memoria visual (imágenes antiguas y contemporáneas)

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Colección Memorias: Fascículo 2

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Fascículo 2: Crónicas del Barrio

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