domingo, 26 de marzo de 2017

Joya en La Merced

Ángeles González Gamio 



Hoy regresamos nuevamente a La Merced, ese barrio castizo que guarda tanta historia. Ya hemos platicado que México-Tenochtitlan estaba conformada por cuatro parcialidades: Cuepopan, Moyotlán, Atzacoalco y Zoquipan o Teopan. En este último se encontraba una de las zonas comerciales más importantes, entre otras razones, por la cercanía con la acequia que desembocaba en el que en el Virreinato se llamó desembarcadero de Roldán (arriba). Por esta vía llegaban cientos de canoas a surtir de verduras, flores, frutas, aves, pescados, granos y cuanta mercancía pueda pensarse, que venían de los pueblos de Xochimilco, Tláhuac, Santa Anita y sitios más lejanos, cuyos habitantes iban a esos lugares a embarcar sus productos para la venta en la metrópoli mexica.

A este sitio llegaron los mercedarios en 1589 para establecer un convento con su templo. Pertenecían a la Orden Militar de Nuestra Señora de La Merced y Redención de los Cautivos, que nació en 1218 en Barcelona. Estaba constituida por caballeros militares y su objetivo era rescatar a los cristianos que caían en poder de los moros. Al paso del tiempo se volvieron frailes “trocando la espada por la cruz”, lo cual no siempre fue así, ya que en ocasiones solían ser bastante belicosos.

En el siglo XVIII rehicieron las instalaciones y edificaron un soberbio convento con el claustro más bello de América (foto abajo) y bautizaron el barrio, que hasta la fecha se conoce como La Merced. A raíz de la aplicación de las Leyes de Reforma, a mediados del siglo XIX, el templo estilo mudéjar y parte del convento fueron destruidos.


En el predio que había ocupado el templo se construyó en 1869, uno de los primeros grandes mercados “modernos” que se hicieron en la capital, que llevó el nombre del antiguo convento: La Merced.

Por fortuna se salvó el maravilloso claustro barroco que tras usos diversos terminó medio abandonado. En muchas ocasiones clamamos porque se restaurara y se le diera un uso digno, ya que sólo se utilizaba de vez en cuando para algunos actos y bodas elegantes.

Felizmente, sucedió; desde hace varios años el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) lo ha venido restaurando bajo la dirección del arquitecto Juan Urquíaga. Con el rigor que lo caracteriza eliminó edificaciones que se le habían añadido, como unos cuartos en la azotea, donde vivieron un tiempo el Dr. Atl y Nahui Ollin.

Asimismo, se eliminaron las lozas de cemento que cubrían la techumbre de los amplios pasillos de ambos pisos, para sustituirlas por vigas de madera, que es lo que tuvo originalmente. El peso de todos esos agregados ponía en serio peligro la estructura. Se devolvió el nivel original al patio, gracias a lo cual se pueden apreciar las proporciones de las arcadas. Esto permitió también sacar a la luz una original fuente que surtía de agua al convento.

El arquitecto Urquiaga fue el autor de la recuperación del antiguo convento de Santo Domingo en Oaxaca. La obra fue de tal calidad y magnitud, que el gobierno de España le otorgó el premio Reina Sofía, como una de las mejores restauraciones realizadas en el mundo.

Para facilitar el uso como centro cultural, se requiere construir en el terreno adjunto que ocuparon sucesivamente el templo y el mercado, espacio para oficinas, baños y demás servicios. Es indispensable cubrir el patio para proteger el extraordinario y fino labrado de las columnas y arcos de los efectos de la lluvia ácida, que esta comenzando a carcomer la piedra. Para tal fin, con todo cuidado, se ha colocado una ligera estructura que va a sostener una cubierta de cristal, la cual además va a permitir el uso del soberbio espacio.

Tras la fascinante visita, Mónica Uniquel, directora de la cercana Sinagoga convertida en centro cultural, nos llevó a un restaurante kosher. Situado en una terraza dentro de un modesto centro comercial en el callejón Mixcalco 10, ofrece tanto platillos mexicanos como de medio oriente. Sabroso el yerushalmi, guiso con salchicha árabe, pollo y carne de res. Abre de lunes a viernes. 

gonzalezgamio@gmail.com

La Jornada, domingo 26 de marzo de 2017

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